El opio del pueblo


 

Por José Carlos Canalda Cámara
 
¿Qué se puede pensar de un país en el que se expulsa a los mejores cerebros (científicos, artistas, creadores…) al tiempo que se acoge y se encumbra a los futbolistas de élite mejor pagados del mundo, un país donde las retransmisiones deportivas del mundial de fútbol son consideradas de interés nacional por el propio Parlamento, mientras la ciencia, el arte y la cultura son ignorados por los poderes públicos y alentados tan sólo por una exigua minoría?
 
Si Carlos Marx volviera de su tumba en nuestros días, es muy probable que decidiera que su famosa frase, que yo le he tomado prestada, ya no era aplicable a la religión tal como sucedía en su época (al menos en lo referente a nuestra cultura, dado que en otras está por desgracia más vigente que nunca) sino, por el contrario, a algo tan omnipresente y alienante hoy como es el fenómeno deportivo.

No se me entienda mal; pese a que mi interés por los deportes (por cualquier tipo de deporte) es virtualmente nulo, nada tengo en contra de ellos ni de los aficionados a los mismos, por más que no comparta su gusto por ellos. Nada más lejos de mi intención que intentar valorar a la sociedad según mis particulares y subjetivos gustos personales, razón por la que los deportes en sí mismos merecen para mí el mismo respeto que cualquier otra manifestación social, independientemente de que pueda compartirla o no.

Mi desagrado no se refiere, pues, a los deportes en sí, sino a la utilización que en nuestra sociedad se hace de los mismos, algo muy diferente y que debería hacer reflexionar a cualquiera con un mínimo de sentido común. Lo que resulta alienante es que algo tan sano como practicar ejercicio físico, o tan inofensivo como asistir en calidad de espectador al desarrollo del mismo, se haya acabado convirtiendo en una manipulación tan descarada de amplios sectores de nuestra sociedad… en el opio del pueblo, en definitiva.

Evidentemente el ejemplo más llamativo es sin duda el fútbol, convertido en un espectáculo de masas que ha conseguido el milagro de lavar el cerebro a millones y millones de personas más preocupadas por el esguince de la estrella de turno, o por los goles que su equipo tiene que remontar en el partido de vuelta, que de los verdaderos problemas que afligen a la sociedad de la que ellos, por mucho que intenten ignorarlo, siguen formando parte. Confieso que no me gusta el fútbol, es un espectáculo que siempre me ha aburrido, pero tampoco me gustan otras muchas cosas y no por ello me siento incomodado en absoluto. Pero con el fútbol es diferente, porque es tal el bombardeo al que estamos sometidos por parte de los medios de comunicación, en especial por la televisión, que ha acabado haciéndoseme ocioso… Y no es ya que tengamos que padecer retransmisiones de partidos a todas horas, algo fácilmente evitable cambiando de canal o apagando la televisión, sino que resulta imposible ver un telediario (saltándose la sección de deportes, por supuesto) sin que te lo enchufen hasta en los titulares, antes incluso de noticias del calibre de la escabechina de Irak, al parecer menos importantes para los responsables de turno.

Y no sólo es el fútbol, aunque bastante ración tuvimos hace dos años con la dichosa eurocopa y la tabarra de las diferentes competiciones nacionales y europeas, a lo que habrá que sumar la tortura del omnipresente campeonato mundial de fútbol. Durante casi un mes padecimos un bombardeo continuo con las últimas olimpíadas, para lo cual los responsables de TVE no tuvieron el menor escrúpulo en secuestrar a la segunda cadena, castigándonos a los adeptos a la cada vez más magra programación cultural de la misma con un trágala olímpico que demuestra bien a las claras el desprecio mostrado por esta cadena pública —y por extensión por el gobierno del que depende— hacia todo cuanto suponga el fomento de la cultura en nuestro país, haciendo buena la famosa frase del ministro franquista José Solís de Más deporte y menos latín. Y así nos va. Eso sí, luego acostumbran a presumir que la segunda cadena ha alcanzado los índices de audiencia más altos de su historia… ya puestos, yo les sugeriría que, en vez de deportes, se dedicaran a emitir en ella películas porno a todas horas, y ya verían cómo los pulverizaban.

Por fortuna los derechos de retransmisión del campeonato mundial de fútbol de Alemania se le escaparon a Televisión Española, lo que suscitó una agria polémica en el Parlamento —como si no hubiera problemas más urgentes para resolver en este país— acerca de la obligatoriedad, por interés social —el resaltado es mío—, de retransmitir determinados partidos en abierto y con una cobertura global, no fuera que algún pastor de las Alpujarras viera menoscabados sus derechos constitucionales al no poder seguir por televisión los partidos de la selección española. Y por supuesto, durante el mes que dure el dichoso evento no bastará con eludir —ojalá fuera así— las retransmisiones de los partidos, ya que no habrá manera humana de poder ver un telediario, oír un boletín informativo de la radio o abrir un periódico soslayando el omnipresente fútbol. Si esto no es avasallar, que venga Dios y lo vea.

Claro está que, volviendo al tema de la segunda cadena, y no me estoy refiriendo ya a eventos extraordinarios como los mundiales de fútbol o las olimpíadas, sino al día a día, ya estamos más que acostumbrados a que en la presunta cadena cultural los programas de este tipo sean, en realidad, el relleno con el que cubrir las horas que dejan libres las retransmisiones deportivas… porque cuando no es fútbol es baloncesto, cuando no ciclismo, cuando no tenis, cuando no motociclismo, cuando no hípica, cuando no… Y de poco ha servido el último cambio de gobierno, ya que los socialistas, presuntamente más sensibilizados en estos temas que los populares, lo único que han hecho por mejorar la calidad de la televisión pública, pese a sus promesas iniciales, ha sido sustituir el programa de variedades de José Luis Moreno, justamente acusado de casposo, por otro de Lina Morgan.

Pero no es esto lo único que me molesta de la omnipresencia del deporte en nuestra realidad cotidiana, ya que todavía me irritan más los extremos de talibanismo a los que suelen llegar muchos de sus aficionados (aficionados de sillón y barriga cervecera, se entiende, no los practicantes de deporte de base o los que simplemente disfrutan del espectáculo, todos los cuales merecen todos mis respetos) Es evidente que no pretendo ni mucho menos generalizar, pero sí llamar la atención sobre el grado de fanatismo que llega a alcanzarse en estos fenómenos por parte de un sector cuantitativamente importante de sus seguidores.

Yo, ingenuo de mí, tan sólo entiendo dos posibles vías de encontrar satisfacción en el deporte: practicarlo, o asistir como espectador con el mismo espíritu con el que se asiste, pongo por caso, al cine, a un concierto o al teatro. Pero me repelen los forofismos, ya que en teoría a un aficionado al fútbol lo único que debería interesarle es disfrutar viendo un buen partido, independientemente de quien jugara y, huelga decirlo, de quien ganara… sólo en teoría. Todavía peor es cuando un club se convierte en adalid de determinado colectivo, sea éste una ciudad, una región, un país… porque entonces, apaga y vámonos.

Otra cosa que tampoco he entendido jamás, es el absurdo nacionalismo deportivo que insufla a los países cada vez que sus representantes disputan competiciones internacionales, léase eurocopa, juegos olímpicos o cualquier otro evento por el estilo. En estos casos hay que ir por narices con España, o con los deportistas españoles —hasta con aquellos domiciliados en Andorra—, incluso en disciplinas tan minoritarias que ni dios conoce las reglas.

Si a ello le sumamos los absurdos a los que se está llegando, con deportistas procedentes de países ajenos recién nacionalizados por razones oportunistas, o todos los cambalaches que se hacen, tales como los de los hermanos López Zubero, hijos de españoles pero que conocían nuestro país en fotos, llegaremos a la conclusión de que toda esta feria de las vanidades no tiene el menor sentido, lo que no impide que millones de espectadores enfervorizados, incluso aquellos que durante tres años y once meses de cada cuatro pasan olímpicamente (nunca mejor dicho) de las disciplinas olímpicas, exulten de alegría por un puñado de medallas, al tiempo que les importa un pimiento que España sea tercermundista en campos tales como la ciencia, la investigación o la cultura.

Yo tengo bien claro que los nacionalismos, cualquier tipo de nacionalismo y no sólo los políticos, no son sino residuos del tribalismo ancestral de nuestros antepasados, el cual exigía una identificación con el clan más que por méritos propios, por comparación con los deméritos de los otros, delegándose la defensa del honor del grupo en un campeón o paladín que lo representa combatiendo contra los rivales. Por esta razón, no es de extrañar otro de los factores básicos del deporte, la competitividad enfermiza; una competitividad que yo nunca entenderé, puesto que lo verdaderamente importante de puertas para adentro, tanto en el ámbito deportivo como en cualquier otro, es ser lo suficientemente bueno como para sentirse bien, sin necesidad de comparaciones y sin tener por qué ser mejor que el contrario.

Paradójicamente, son muchas las ocasiones en las que sí es necesario competir con rivales por un fin concreto, tanto a nivel individual (léase una oposición) como colectivo, por ejemplo en los conflictos económicos o de otro tipo entre diferentes países… las cuales parecen importar menos que, pese a afectarnos directamente, que una humillante derrota de la selección española de fútbol, o de cualquier otro deporte, por más que la misma no va a influir en nuestra vida en absoluto…

Lo dicho, el opio del pueblo.

© José Carlos Canalda Cámara, 20 de septiembre de 2004


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