Cuidado con las maquinitas


Publicado por  Jot Down Cultural Magazine             www.jotdown.es
Texto:  Gonzalo Vázquez
 

El imbécil digital

          Érase un hombre a una pantalla pegado, un hombre dirigido, un hombre conectado.

          El iPhone dirige sus manos, el GPS su rumbo, Facebook sus ritmos, Twitter sus ojos, Whatsapp sus dedos, iPod sus oídos, iPad sus deseos, Tuenti sus hormonas y la Play sus ratos libres, los pocos que le deja un teclado.

          Un hombre que dice estar conectado. Que no repara dónde ni cuándo ni por qué ni si era necesario. Un hombre que fue conectado sin que nadie le advirtiera que tal vez nadie habría más desconectado. Un hombre que empieza a olvidar oler y ser olido, tocar y ser tocado, lamer y ser lamido, oír y ser oído, ver y ser visto. Un hombre sumergido a cada vez mayor profundidad en un océano invisible. Que se complace en perder la carne y hueso. Un hombre que cree sentir libertad porque ha dejado de ver cables. Un hombre sin tiempo ni espacio. Un hombre igual, antes imbécil que digital.

          El imbécil digital es un pececillo que va de red en red, como encantado de su captura y hasta de no salir nunca a la superficie, donde se respira aire y no ancho de banda.

          El imbécil digital ignora el reposo. En su impaciente frenesí es anodino y volátil. Y tan rápido cree viajar por la red de redes, por las autopistas donde solo bullen sus iguales, que teme toda detención como a la muerte. Prueba de ello es el ‘tic’ que padece su dedo índice y que le impulsa a no posarse nunca en nada. Hechizado, cree moverse. Y contrario al espermatozoide, que al menos lleva destino, el del imbécil digital no consiste más que en seguir creyendo que está sin saber que en ningún sitio, en correr sin preguntase a dónde.

           Curioso parecido domina sus relaciones. El imbécil digital no sabe nada del otro. Cree saberlo. Por eso confunde a otros imbéciles con amigos sorprendiéndose luego que desaparezcan a la menor ausencia de la red por cualesquiera razones de la vida, vida externa, la vida molesta, la que ya no importa. Y como la soledad le aterra vuelve aprisa a la fiesta, que tiene prohibido abandonar si no quiere dejar de existir.

          Desplazó primero el contacto por el teléfono. Luego el teléfono por el correo. Después el correo por el Facebook. Y ahora prefiere tuitear, hacerlo todo allí. Y el lugar de una palmada en la espalda o una confidencia lo ocupa ahora el privado, el grado sumo de cercanía. No dice gran cosa y eso mismo espera del otro. Eso y rapidez. Porque la respuesta importa menos que su retraso y da igual la plataforma. El imbécil digital no da tregua ni comprende otra vida que la vida de pantalla, mejor cuanto más plana, más simple, más ligera.

          Y ahí su lenguaje se parece al del indio en el peso y duración de las señales de humo. Y es que este nuevo individuo repudia lo extenso, lo grave, lo grueso, lo que hasta hace nada teníase por importante. Se da que sumergido a gran profundidad nada odia más que ésta. Por eso él ha menguado hasta caber cómodamente en una pizca de caracteres.

          Si se diera el caso de cercanía, de cercanía real, de cuerpo a cuerpo en mesa o corrillos, corre a refugiarse en su aparato, que no suelta ni muerto, y sacude y sacude el pulgar hacia abajo. Su mano ya es un ratón, como esos de laboratorio que giran la rueda sin moverse del sitio ni comprender la jaula. Y hasta puede que a unos palmos del otro vaya a decirle algo y no abra la boca. Lo hará también por pantalla.

          Al imbécil digital nada incomoda más que el gesto, la mirada, la cercanía del aliento, la gravedad de la palabra que suplica ser desentrañada. Y como se ve libre de aquello, de forjarse a diario en la vida como el actor en escena, siente una gran comodidad en no ver ni ser visto, en hacerse un espectro sin nombre y apellidos, sin voz ni rostro, sin mayor alma que un nick.

          Para este tipo de hombre una buena parte de la humanidad ha dejado de existir. Solo percibe a los de su misma especie. Así reduce el mundo no a la aldea global ni al enfoliado de un mapa, sino a la velocidad de descarga.

          Como cree que el mundo es natural, que le ha caído del cielo, el imbécil digital no se manifiesta. Cree poder hacerlo desde cualquier sitio donde el artefacto le lleve. Por eso la ciudadanía le suena anticuada. Ya no es ciudadano de pleno derecho. Éste reside ahora en la mera pulsación dactilar, a la que entrega su liviana voluntad de cambiar el mundo sin saber que el mundo, el de ayer y siempre, es todo aquello que la pantalla no es.

          Hace tiempo que el imbécil digital abandonó la televisión. Creyó hacerlo por una instancia superior. No imaginó que la televisión se le acabaría colando también allí, que los amos serían los mismos y que ahora le ordenan abreviarse, reducirse, impacientarse. Por eso a este maníaco instantáneo un vídeo de cinco minutos se le hace también largo.

          El imbécil digital ignora la humildad, razón por la que no sabe sí contesta. Por eso se salta veinte, diez o cinco líneas y corre a rellenar de mierda un cajetín que algún otro imbécil, más astuto que él, bautizó con un embuste a título de comentarios. Y como carece de empatía mejor cuanto más daño crea causar. Y da igual su objetivo. Puede concentrarlo en uno o arrojarlo en masa, de madridistas a catalanes, de negros a maricones, de gabachos a tacones.

          El imbécil que creó esa herramienta, o peor aquél que la dirige, valora la información no por su peso, su veracidad o su alcance. Sino por el número de imbéciles que ha logrado engañar.

          Ese cretino digital sabe, por defecto, lo que es una biblioteca. Nunca pisó una pero se permite arremeter contra no sé qué males del papel. Tal vez piense en árboles y por eso le avergüencen los libros en el metro. Saca entonces su lector electrónico, a no más de dos o tres paradas, tantas como levanta la vista no se sabe si para ser mirado. Ni leía antes ni seguramente ahora. Porque hace con las letras lo mismo que el gorrión con el suelo.

          Para el imbécil digital un penalti, un escote o una bronca es información. Y lo demás no le interesa. No le cabe en la pantalla, su encuadre del mundo. Porque este fabuloso progreso de la comunicación acontece cuando más debiera comunicarse sin que nadie predijera que de tan poca entidad.

          Al imbécil digital importa mucho su número de seguidores. Ese numerito nunca se ve harto. Y cuantos más tiene más quiere y más por encima observa a los que le quedan a la zaga. En esa fiesta de disfraces se invita y se ignora en forma de retuit. Y como en toda fiesta pagana arriba se hace por afinidad y abajo por interés, como si estos últimos pudieran sacar algún rédito del famoso al que persiguen dejando el mismo rastro que la babosa en la hierba.

          Ese nuevo hombre sabe, también por defecto, lo que es un bolígrafo. Pero no usarlo. Y morirá sin escribir una sola carta. Porque el imbécil digital ni sabe escribir ni ser escrito. Y así tampoco hablar y ser hablado. Ese joven, por ejemplo, ese hijo de la era comunicante, anhela tomar algún día a una chica. Pero no ha llegado a decir algo, ni bonito ni feo, a una sola de ellas. Tal vez espere hacerlo algún día al través de la máquina.

          El imbécil digital cree que las nuevas tecnologías le liberan del peso de la edad. Porque ahí dentro la experiencia, el conocimiento o la sabiduría es la jerarquía que menos importa. Le trae al pairo la madurez o la arruga. De hecho en tanto no digitales experimenta un intenso desdén hacia ellas. En esto se parece al imbécil analógico, el imbécil de siempre cuya necedad informa sin descanso todos los órdenes de la vida.

          Sorprende que este nuevo imbécil no lo sea en su mayoría por constitución. Solo por esclavitud, que en el fondo él mismo se ha dado. Privarle de pronto de su vida aparatosa sería como hacerle caer de la cuna.

          El imbécil digital cuenta entre sus mayores logros desmentir la pareja como último refugio.

          No conviene confundir a este hombre que nada en la era digital, que en ella se pega refrescantes chapuzones, con el ahogado. Por eso, pese a insinuarse ya en buen número, este digital imbécil no es aún hombre de nuestro tiempo.

          Solo se va echando encima.

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