Siempre hubo árbitros corruptos


          Muy lejos queda aquella falta de Rifé a Velázquez, inexistente y fuera del área, que Guruceta convirtió en penalti en el mismísimo Camp Nou (junio 1970). Fue en un partido de Copa, el público acabó invadiendo el campo a pocos minutos del final y hubo hasta intervención policial. Escándalo histórico. El árbitro guipuzcoano, debutante aquella temporada, 28 años tenía, no volvió a pitar jamás en el estadio del Barcelona. Fue una jugarreta inolvidable para los culés y en aquellos tiempos se llevaban las recusaciones como forma y signo de protesta. Han pasado más de 40 años y continuamos igual, sospechando de los árbitros, ahora de todos, del sistema en sí. Dudando de ellos, pero sin aportar una sola prueba acerca de su posible prevaricación. Eso sí, todos se quejan. El Madrid hace creer que van con el Barça, y viceversa. Y los demás están convencidos de que pitan a favor de los dos grandes. Un ejercicio de objetividad colectiva a lo largo de la historia del fútbol español podría indicar que el Madrid es el equipo más favorecido por los errores arbitrales, seguido del Barcelona, que tendría mayores motivos de queja también en enfrentamientos directos. Sin embargo, resulta imposible discernir cuántas de esas decisiones fueron premeditadas. Y sin poder probarlo, hay que callar, no caben las especulaciones, eso es humo.

          En cierto grado, la culpa es de los propios árbitros. Nunca han sido capaces de saltar a la palestra para cerrar bocas y aclarar conceptos, pues se supone que no hay nada que ocultar. Casi siempre han optado por la ley del silencio, lo que resulta hasta antinatural y destila oscurantismo. Se ha hablado siempre de campañas, de contubernios, de favores gubernamentales, de actuaciones más que sospechosas. Pero de ahí no se ha pasado. Personalmente sólo una vez he podido comprobar que un club ha pagado a un árbitro por un partido de Primera División, me lo dijo quien le entregó el dinero, con todo lujo de detalles, sin lugar al equívoco. Hace ya más de 30 años, habrá prescrito. Que pregunten por Málaga, seguro que los más veteranos aún recuerdan el escándalo que se montó en La Rosaleda. Cualquier día de estos lo contamos. Ya lo hicimos hace unos años en Onda 6, con un portavoz arbitral que ponía el grito en el cielo y sólo acertaba a decirle al moderador (Pipi Estrada) que cómo podíamos asegurar algo así, que eso era mentira, que los árbitros eran insobornables. El presidente del Anderlecht admitió en 1997, diez años después de la muerte de Guruceta, que le entregó un millón de francos belgas (unos cuatro millones de pesetas) por su ayuda en un partido de Copa de la UEFA con el Nottingham Forest, en 1984.

          No se puede decir alegremente que los árbitros se venden, pero tampoco que ninguno se vende, que todos son honrados. Si se vende uno, seguro que algún otro también lo habrá hecho, aunque nunca lo van a reconocer desde el colectivo. No se puede generalizar. Los habrá honrados y los habrá habido también golfos, buenos y malos, como en todos los gremios. En la actualidad son profesionales y muy independientes económicamente, con lo que no necesitan primas extra. Si reciben indicaciones deshonestas sólo lo saben ellos y los que se las transmitieran, estas cosas no quedan en un papel. Ahora luce bastante aludir al llamado villarato, ¿eso qué es? Insinuaciones, sin más. Otro punto de fricción entre Madrid y Barcelona, que debe ser lo que vende. Hace años se decía que Pepe Plaza, jefe de los árbitros durante muchos años, era muy madridista y que se notaba. Al propio Guruceta sus compañeros siempre le tacharon de muy madridista, decían que era el mejor pero con ese problema. Cuesta creer en la simpatía por unos colores como condicionante en la actuación de un juez, imposible probar la presencia de componentes más procelosos, a no ser que haya confesión explícita de algún involucrado en el amaño.

          Recordamos también la polémica suscitada en los 80 después de un Madrid-Atleti en el Manzanares y con el árbitro de aquel partido. Podríamos preguntar a Pedro Pablo Parrado, que fue quien destapó el asunto junto al recordado Andrés Montes y algún periodista más. Llegaron hasta un punto y tuvieron que darse la vuelta. Nunca se olvidarán tampoco aquellas controvertidas palabras de Gil y Gil, con repercusión internacional, en las que venía a decir que “unos árbitros querían yeguas y otros preferían ponis”. O aquel ofrecimiento denunciado públicamente por colegiados españoles en Ucrania, unos abrigos de las pieles más cotizadas. De cualquier modo, la mejor anécdota, cuenta la leyenda, se produjo en un partido internacional celebrado ya hace unos añitos también en el extranjero y con árbitros españoles. En un gesto de hospitalidad, desconocemos si poco común o no, el club anfitrión ofreció mujeres a los trencillas y uno de ellos, raudo y fiel, rechazó el ofrecimiento, pero uno de sus compañeros, enarbolando la bandera de la soltería, presto al quite, no lo dudó: “No hay problema, la de éste para mí también”. Escena genial para una peli buena, pero hablamos de justicia deportiva.

          La clara ventaja del Madrid sobre el Barça resta emoción al actual campeonato de liga, por lo que la prensa futbolera opta por la vía arbitral para avivar el fuego. Ahora se trata de saber si esos 10 puntos de diferencia serían menos si los árbitros no se hubiesen equivocado. Una interpretación tardía de unas declaraciones de Guardiola y la denuncia formulada por el comité de árbitros al de competición para que sancionen al barcelonista Piqué por unas desafortunadas declaraciones han encendido otra vez la mecha, junto con la inaudita elección de la sede de la final de Copa. De todo esto se puede hablar mucho sin decir nada, servirá para atizar a los árbitros, con las espaldas anchísimas, y para poco más. Sí, también para eternizar el clásico diario entre Real y Barça, lo demás da casi igual. Lo de la federación es tremendo, siempre ha sido así, no se aclaran, pero lo de la prensa deportiva española… Los azulgrana alegarán que por qué no se ha sancionado con anterioridad a los madridistas por manifestaciones similares o más graves y ahora sí a su futbolista.

          A ver si copiamos algo de los ingleses. Allí, cualquier tarjeta roja directa supone tres partidos de sanción como mínimo y nadie protesta, pues corre el riesgo, si no tiene razón, de que le aumenten el castigo. El que larga de más, sancionado, que le pregunten al uruguayo del Liverpool. Aquí recurrimos hasta las amarillas más obvias. Así anda el patio, esto no cambia. Los árbitros siempre tendrán la culpa, ley de fútbol. Si Velasco Carballo hubiese expulsado a Piqué en el descanso, ya no habría habido premeditación. ¿O sí? Le habrían dado la vuelta al asunto, los culés subrayarían entonces que este árbitro es madrileño y estaríamos en el mismo fango.

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