La pitada del Manzanares


          No había peor sitio que la capital de España para que Athletic y Barcelona jugaran la final de la Copa del Rey. Quedan más de dos meses para el evento y un simple partido de fútbol, o quizás algo más, se vuelve a politizar hasta extremos preocupantes. Dicen que independentistas vascos y catalanes se movilizan para dar rienda suelta a sus sentimientos en el Manzanares y aledaños en día laborable. La pitada al rey está asegurada. Las huestes antimonárquicas aprovecharán el caso Urdangarin y señora. Se habla ya de la mayor manifestación antiespañola en la historia de Madrid. Lo han tenido que hacer adrede; si no, no les sale tan mal. Si algunos tienen que pasar un mal trago en el palco, pues va en el cargo, serán unos minutos, dos horas a lo sumo. Pero por qué añadir más tensión, una presión que se habría evitado si la elección hubiese recaído en Valencia o hasta en Sevilla, por muy lejos que parezca para ambas aficiones. Si buscaban dinero, aforo, ¿por qué no el Camp Nou? Los nacionalismos dejan de ser lícitos cuando se apropian de banderas que no les pertenecen y las utilizan en su interés particular, como pasa con mayor asiduidad de la recomendable con el deporte y especialmente con el fútbol, por su mayor resonancia. Quizás lo mejor fuese revocar la decisión de la federación, minimizar riesgos y que la final se jugase en otro lugar. Tiempo hay para reaccionar.

          Según la emisora ABC Punto Radio, organizaciones de Cataluña y Euskadi aprovecharán el masivo desplazamiento para “trasladar a las calles de Madrid sus proclamas independentistas”, hecho que jamás se ha producido de manera multitudinaria en la capital. Dicen que ”la pitada va a ser mayúscula porque se va a fomentar con semanas de antelación, mientras que la otra (Valencia, 2009) se promovió con sólo tres días”. Esas mismas fuentes, se supone que vinculadas a la organización de la protesta, insisten en que la movilización será absolutamente pacífica. Faltaría más. Sin embargo, la policía teme que la situación pueda descontrolarse y, sobre todo, que se convoque alguna contramanifestación que convirtiera la fiesta socio-deportiva en campo de disturbios urbanos y enfrentamientos. Nadie duda de que las reivindicaciones que se anuncian poseen respaldo político. Siempre unos cuantos listos sin escrúpulos intentando aprovecharse de algo que pertenece a la mayoría. Entre vascos y catalanes, serán más de 40.000 los que visiten Madrid, los que disfruten de sus gentes y sus rincones, los que se dejen la pasta en bares y restaurantes, los que acudan a la cita con fines exclusivamente balompédicos y, muchos de ellos, los que piten al himno y al rey. Y nadie se lo debe impedir. Si pitan al rey, que le piten. Sus razones tendrán. Y si no quieren que le piten, pues que se quede en casa y no suene el himno. Y ya está. Y si algún vasco o catalán viene con la intención de alborotar, mejor que se quede en casa también.

          En TVE debe haber psicosis después de lo sucedido hace tres años, cuando en lugar del himno de España, millones de personas sólo pudieron ver a un calvito, de los rapados, soltando banalidades desde una fuente de Canaletas desierta, claro. Todos estaban viendo la tele, al sonriente locutor, iba a empezar aquella final, con los mismos contrincantes, pero no hubo himno. Surrealista. Si hubiesen querido censurar la realidad, nada más fácil que subir un poquito la música y bajar el sonido ambiente hasta un segundo plano. “Y después del himno español, va a comenzar este gran partido…” Las palabras asépticas del locutor hubiesen hecho el resto y nunca se habría montado escándalo tan duradero. Como se hizo dos años después, en la última final en Valencia, la del gol de Cristiano, aunque ya sin naturalidad, con todos atentos a la maniobra. Pero no fue así la otra vez. Los entonces responsables eran bastante torpes, muy buenos arrodillándose por los despachos, pero ineptos para el trabajo de campo. Si el fin era ocultar la bronca, salvo a ellos, a nadie se le hubiese ocurrido utilizar un método tan burdo y, al tiempo, tan enrevesado. Esperemos que los actuales dirigentes del Pirulí no se entrometan el próximo 25 de mayo y dejen hacer a los que lo llevan haciéndolo mucho tiempo sin controversias demasiado alarmantes. Si ya sabemos que va a haber exceso de decibelios, por qué ocultarlo. ¿No sería mejor reflexionar sobre ello con perspectiva? No interesa.

           Hace ya algunos años, en Saint Denis, bretones y corsos se enfrentaban en una final de la Copa de Francia. Minutos antes del comienzo, Chirac apareció en el palco, con los acordes de la Marsellesa sonando a toda pastilla, pero instantes después retrocedía ante la monumental bronca de un estadio repleto. Jugaban Lorient y Bastia, mayo de 2002. Aquel partido comenzó con más de 20 minutos de retraso, ya que el presidente se negó a ocupar su asiento hasta que las aficiones, especialmente la corsa, dejaran de abuchear y silbar el himno francés. “Intolerable que ataquen así a la República”, dijo Chirac de inmediato en la televisión, cuya transmisión e información sobre el suceso fueron un modelo de pluralidad. Meses antes ya había pasado  algo parecido con más argelinos que franceses en las gradas para ver un amistoso entre ambos países, partido suspendido por invasión de campo a 20 minutos del final. En ambos casos se impuso el debate político posterior. En España es imposible que sucediera algo así, luz y taquígrafos, naturalidad, aquí todos tratarían de ocultarlo, de dejarlo pasar. Las democracias europeas nos sacan 40 años y eso se nota en todos los ámbitos.

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