Illa, illa, illa


Publicado en:   El País  (1.04.12)                                               www.deportes.elpais.com

Texto: Ladislao J. Moñino

  Las suertes del futbolista-torero

 Juanito, en 1977, víctima de un botellazo en un Yugoslavia-España. / RAÚL CANCIO (EL PAÍS)

          El 27 de junio de 1989, Curro Romero cortó la coleta a Juanito en La Rosaleda, en Málaga. Esa imagen definió la carrera y la manera de interpretar el juego de un pelotero que jugó como nadie a ser torero en los estadios de fútbol. Hubo dos Juanitos con la pelota como hubo dos personalidades de Juanito, la de su bonhomía y la temperamental, que tantos arrepentimientos le causó. El primer Juanito, con el balón, como los diestros, entendió el fútbol desde el hedonismo. Jugó para él y para la grada. El otro, al final de su carrera, acabó en el centro del campo, en el medio de la plaza, dirigiendo los ataques desde la técnica y la visión del juego. En ese tránsito del extremo chupón al centrocampista de pausa y pase dejó una estela de suertes futbolísticas que justificaron el corte de coleta que oficializó al único futbolista-torero reconocido.

          El regate, el túnel, el taconazo y la rabona. Terminada la temporada 1975-1976, con la que ascendió al Burgos a Primera, Juanito acudió a los Juegos Olímpicos de Montreal. España perdió (2-1) en su debut ante Brasil, pero el regate de Juanito, su gran arma, tuvo su primer gran reconocimiento internacional. Aquel día, los brasileños revivieron a Garrincha vestido de rojo. Tenía una velocidad endiablada en el arranque por la musculatura de sus piernas”, comenta el portero Navarro, compañero suyo en el Burgos y en sus primeros tiempos en el Atlético y amigo íntimo fuera de los terrenos de juego. Rafael Gordillo le sufrió como rival en el Betis: “Cuando explotaba la rapidez en corto, ya no había quién le parara. Le gustaba jugar contra mí porque yo no era de los que le arreaban”. “Sabías el regate que te iba a hacer. Te amagaba con salir por la izquierda y se iba por la derecha a toda velocidad, pero casi siempre te lo hacía”, analiza Miguel Ángel Ruiz, adversario en el Atlético y compañero en el Málaga. “El túnel y el taconazo, que hacía muchos, no lo utilizaba para humillar. Eran siempre un recurso”, apunta Navarro. “La rabona la empezó a practicar en los partidos al final de su carrera. Me decía: ‘Cualquier día se me va a salir la rodilla”, cuenta Ruiz.

 El pase con el exterior y con el interior del pie. El pase con el exterior del pie se lo copió a Cruyff. Era un estudioso del fútbol. Yo le decía que ese pase, con la rosca de dentro afuera, nos hacía mucho daño a los porteros”, afirma Navarro. Juanito convirtió las jugadas a balón parado desde la banda izquierda en un martirio para los guardametas. Santillana fue el que más se benefició de esa precisión en los centros con el exterior: “En las faltas desde la izquierda daba un efecto endemoniado al balón con el exterior de su pie derecho, pero, además, era muy vivo y muy listo. Las sacaba muy rápidamente, sin dar tiempo a la defensa contraria a colocarse. Desde la derecha centraba también con mucho efecto. Eran caramelos”. En el final de su carrera en el Madrid y en el Málaga, instalado en el centro del campo, también se le veía hacer cambios de orientación con el exterior. “Ese último Juanito respondía al entrenador que siempre llevó dentro. Jugaba en corto y en largo. Jugaba liberado de responsabilidades defensivas y se asociaba muy bien. Todo un espectáculo”, dice Ruiz.

          El penalti y la vaselina de ‘Juanito, el viejo’. Un penalti que le marcó a Tacconi en el estadio Comunale de Turín en los octavos de final de la Copa de Europa de 1986 retrata el lanzador de penas máximas que fue. El tiro fue en la tanda de desempate y Juanito lo hizo por el medio y despacio. “Fue Juanito en estado puro”, dice Jorge Valdano. Míchel lo tiene grabado en su memoria como una obra de arte inolvidable: “Era un especialista. Si la tensión era alta, se la traspasaba al portero. Hizo moverse a Tacconi para buscar la ventaja de adivinarle el lado, pero él era eficaz tirando por el centro”. La vaselina fue otra suerte que le fundía con el placer de conjugar la técnica con la inteligencia y la visión del juego. Buyo quizás sufrió la más recordada. Una parábola tan majestuosa como estética en un Málaga-Madrid: “Fue un gran gol, Juanito era capaz de hacer esas cosas”. Navarro recuerda una que le metió a D’Alessandro en El Helmántico, un lance en el que justificó ese apodo de Juanito, el viejo que le acompañó desde que era un niño resabiado: “En la frontal del área amagó con coger el balón con las manos. Los jugadores del Salamanca creyeron que el árbitro había pitado algo y él tiró la vaselina a D’Alessandro. Un genio”.

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