Muerte en Bilbao


       

          El gol de Susaeta frente al Schalke fue el último que pudo ver Iñigo Cabacas, aficionado del Athletic, fallecido como consecuencia  del impacto de una pelota de goma disparada por la Ertzaintza. Habrá que creer a familiares, amigos y testigos, antes que a las autoridades, que cinco días después de lo sucedido aún son incapaces de ofrecer versión alguna, ni oficial ni oficiosa, acerca de hechos tan dramáticos y desproporcionados. Los gobernantes se escaquean, como siempre, escurriendo el bulto, declinando responsabilidades, también obligaciones. Y los periódicos de alcance estatal no ven indicios de importancia ni de interés general en otra muerte que se produce en la calle y después de un partido de fútbol. La de Iñigo sólo aparece en una de las portadas, aunque el eco ya es importante en le prensa internacional. Sin embargo, hay una diferencia determinante en relación con otros casos. A Aitor Zabaleta lo mataron unos nazis, en la puerta del Manzanares. A Manuel Ríos le quitaron la vida en los aledaños del campo del Compostela, en una pelea entre grupos radicales. Pero en este caso el arma mortal la portaba un policía y el escenario es Euskadi.

          Con una navaja, a golpes o con una pelota de goma. La consecuencia es la misma, aunque distinta la procedencia. No creo que nos equivoquemos si afirmamos que se trata de la primera muerte en el fútbol español por intervención policial. Y no vale decir que no se produjo dentro del estadio, que fue en la calle, Iñigo salía de San Mamés. ¿O en este caso sí? ¿Más política que fútbol? Habían sido grupos ultras los que siempre habían aparecido en escena en tragedias anteriores. Desde aquel chaval francés, Frédéric  Rouquier, asesinado por unos skins después de presenciar un  Espanyol-Sporting. Fue la primera víctima, en 1991. Afortunadamente la violencia que se genera en torno al fútbol español nada tiene que ver con lo que pasa, por ejemplo, en Argentina, pero poco a poco la lista se va alargando. Ha vuelto a suceder. Lo ocurrido el pasado jueves en una calle de Bilbao debe ser aclarado. Esta vez no han sido ultras, el equipo rival era alemán y en el lugar de los hechos sólo había hinchas del Athletic y policías. Aparentemente ya no sufrimos el franquismo, ni siquiera la transición, cuando aún bajaban unos cuantos grises de una lechera o de un land rover y se liaban a porrazos con cualquier corrillo inofensivo. Los que estén en edad recordarán aquella manifestación en Madrid, diciembre del 79, que se saldó con dos estudiantes muertos por disparos de la policía. Eran otros tiempos, muy convulsos, había ganas de libertad y se luchaba por ella.

          El esclarecimiento de la muerte de Íñigo debe ser una prioridad. Menos mal que la prensa vasca va a estar muy encima, también la gente por internet, debido al revuelo organizado y al tinte socio-político que el caso ha adquirido de inmediato. En cuanto se produjo el fallecimiento. Los cuatro partidos de la coalición Amaiur culpan de los sucesos a la “violencia policial que Euskadi viene sufriendo en las últimas décadas” y acusan a las autoridades políticas de “pretender ocultar y manipular los hechos”. El Gobierno Vasco ha abierto una investigación para saber si las heridas del joven muerto eran de pelota de goma o no. Se da por hecho que la Ertzaintza utilizó material antidisturbios. Las versiones iniciales, contradictorias. Una llamada a la ambulancia, llamada previa a la llegada de los agentes, sirvió de primera coartada a la policía. Testigos y amigos afirman que Íñigo cayó herido de muerte durante la intervención policial y aseguran que no hubo provocación de la gente que tomaba algo en los bares después del fútbol. Lo triste de verdad es que una vida se haya segado de forma tan violenta como evitable. “Mi hijo tiene un boquete en la cabeza”, decía la madre de la víctima aún en el hospital. Fractura craneal por estallido con importantes lesiones cerebrales, rezaba el último parte médico.

          Tristes escenas en el tributo rendido el lunes a Iñigo en el mismo lugar donde se produjo la agresión. Costernación, impotencia. Lágrimas, pena y mucho silencio. Y algunos gritos acallados de inmediato por familiares y amigos del fallecido. Desde este blog sólo nos queda ir haciendo acopio de toda la información que nos vaya llegando sobre asunto tan grave como preocupante, seguirlo de cerca, al menos para que podamos hacernos una idea de lo que realmente sucedió y de cuál es el verdadero hábitat social en el País Vasco. Ya veremos, habrá marejada. Descanse en paz, Íñigo Cabacas Liceranzu.

                                                     Iñigo Cabacas.

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