Eterno catenaccio


 

          Lo inventaron los italianos y habrá casi siempre uno por medio cuando irrumpan partidos y eliminatorias como la sostenida entre Chelsea y Barça. Entre los mayores logros del catenaccio más autóctono figuran dos Mundiales (1934 y 38), una Eurocopa (1968) y varias Copas de Europa. También dos semifinales contemporáneas, esta última y la de hace dos años con el Inter colgado del larguero en el Camp Nou. Con Mourinho dirigiendo al cuadro italiano hacia un trofeo que no conquistaba desde hacía casi medio siglo. El cerrojazo de los griegos en aquella Eurocopa de Portugal, con el gurú Rehhaggel al mando, otra prueba evidente de que con el fútbol más defensivo también se puede ganar a los adversarios más potentes. El método lo inventó Vittorio Pozzo hace 80 años, seleccionador italiano. Lo perfeccionó Nereo Rocco con el Milan de los 60 y desde entonces, desde la época de Helenio Herrera en el Inter, han sido muchos los que han seguido esa doctrina con fidelidad, bien como norma, a ultranza, bien como recurso. La diferencia con el original alude básicamente a los marcajes, antaño individuales.

          Decíamos el otro día que el tope del Chelsea debía ser la semifinal, pero ya vieron lo que ocurrió. Después de imponerse a Nápoles y Benfica, sin jugar un pimiento, ha noqueado también al Barça, jugando poco o nada. Pero va a estar en la final de Munich. La imprevisibilidad del balompié, genuino tesoro. En fútbol no siempre ganan los mejores, había advertido en las vísperas Fernando Torres. Lo repetía después del partido, reivindicando además estilo tan ultradefensivo como única manera posible de ganar al Barcelona actual, a no ser que Guardiola colabore. Un método tan despreciado como respetable. Una tesis que se extiende poco a poco y cuyo promotor fue Mourinho. De su Chelsea quedan aún muchos futbolistas, que han sido capaces de conseguir lo que parecía imposible y al más puro estilo Mou. Eso sí, con un transalpino en el banquillo, Di Matteo. Los blues ganaron utilizando un 6-3-0 como dibujo durante buena parte del encuentro, debido a la expulsión de Terry. Quizás HH se refería justamente a esto cuando afirmó que era mejor jugar con diez que con once. El no va más, el colmo del catenaccio (cerrojo, en italiano): ganar al mejor equipo en su campo, con uno menos y refugiados en área propia.

          El Chelsea llegó dos veces y metió dos goles, una había llegado, y con la misma suerte, en Stamford Bridge. Pasó de todo en un partido imborrable. Iba a terminar el primer tiempo con 2-0 y los ingleses ya con uno menos, pero apareció Ramires, igual que en Londres, cuando ya todos querían el descanso. En dos jugadas, el brasileño ha resultado clave en el desenlace de la eliminatoria. Su gol a Valdés, exquisito, brillante, inesperado en un futbolista incapaz de fabricar en el medio campo, aunque con llegada. Ya no estaba Piqué, que se había ido conmocionado. Luego llegó el penalti y la constatación de que Messi está gafado, alguien está haciéndole vudú. Ya en el primer período había fallado una clamorosa ocasión ante el crecidísimo Cech, de esas en las que el argentino se recrea. Si esa pena máxima hubiese acabado dentro, estaríamos hablando de un Barça en la cúspide, rey que derrocar y único favorito en Munich. Pero no. La pelota se fue al travesaño, luego otra al palo, casi al final. Muchas ocasiones, el portero, los defensas, hasta chilenas para lustrar el cerrojazo, no había espacios, se jugaba en 20-30 metros, aceleraba el reloj, ansiedad en el campo y en la grada, temor a lo inesperado, la quinta Champions que se escapaba…  Y como colofón a soliloquio tan angustioso, un despeje de Ashley Cole y el tanto de Torres en su regreso a las portadas y frente a uno de sus rivales preferidos.

          Guardiola no halla una explicación lógica acerca de lo sucedido. Pocas veces en la larga historia del fútbol se ha debido asistir a algo así. Todas las ocasiones, muchísimas, menos tres, fueron para el equipo que dominó y atacó, tanto en la ida como en la vuelta. El rival, renunciando al ataque y en inferioridad numérica en el último cuarto, metió tres goles, uno más que el Barça. A los catalanes ya sólo les queda la final de Copa, semana durísima para los culés, muy deportivos en la derrota, a pesar de la desilusión colectiva. El balón prefirió no entrar y el horizonte es otro, cada vez  se insiste más desde Barcelona en que Guardiola no estará el próximo año en el banquillo. Antes o después va a ocurrir. Con o sin catenaccio. Hay que resignarse y apreciar también las artes con las que el adversario ha logrado el objetivo. El pundonor y el compromiso de Drogba como lateral, muriendo por cada balón. La abnegación y disciplina de Lampard, Mata y los demás, midiendo, tapando, corriendo, buscando la pelota sin propósito de quedársela. Mucho desgaste mental. El Chelsea pierde a cinco jugadores para Munich, siendo Terry la ausencia más sensible. Sí es seguro pues que el capitán no resbalará en el Allianz Arena, aunque quizás le veamos en Wembley levantando la Copa de Inglaterra.

          En cuanto a Torres, un apunte último. Aprovechó su único balón para firmar el gol de la sentencia, con el Barça ya agonizante. Un tanto marca de la casa y ejemplo fresco de su buena forma física, fundamental en su juego, para que su potencia se transforme en velocidad. Con espacios, imparable. Lo demostró también en los cuartos, en Lisboa. El chaval de Fuenlabrada ya sueña, dormido y despierto, con la final. Su primera final de Copa de Europa. Nunca ha ganado una liga, tampoco la Champions. Estará en el mejor de los partidos después de una temporada decepcionante. En esos acontecimientos se suele crecer, como si estuviera predestinado por designios inescrutables. En el Camp Nou le preguntaron por la Eurocopa, claro. Mal vamos si ir con la selección depende de un partido, se limitó a responder. Del Bosque sabe que Torres está físicamente ahora mucho mejor que en el Mundial de Sudáfrica. Entonces le esperó, también a Villa. Le está costando mucho asumir tantos minutos de banquillo, pero los galones los lleva Drogba y Di Matteo no se atreve a ponerlos juntos. Sale de una crisis profunda, olvidando lesiones y circunstancias, mucha presión, busca la confianza perdida, juega en un equipo con apenas fútbol. Ha metido poquísimos goles este año, muchos meses de sequía, pero van entrando. El último, ya en el escenario principal, donde le bastaron unos minutillos para ser otra vez Torres.

 

Barcelona v Chelsea: how the players rated at the Nou Camp

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