Carambolas bajo sospecha


    

         Trepidante final de temporada en las dos mejores ligas. El Villarreal estaba salvado y el Manchester City parecía condenado a llorar su histórica oportunidad. Pero en cuestión de minutillos todo cambió de manera disparatada. El juego en esencia. La trascendencia de un gol, un palo o incluso un error arbitral. Nadie podía entender en Manchester lo que estaba sucediendo, todos intuían que el culo de Ferguson continuaba intacto pese al paso de los años. Descabellado que el Queens Park Rangers, aun jugándose la permanencia, estuviera reventando el ansiado alirón de los sky blues. Mark Hughes, técnico de los londinenses, ya rumiaba su mejor venganza, arrebatar el éxito a quien hace tres años le hizo la cama con demasiado descaro y le alejó del proyecto de los jeques. Pero no. El cabezazo de Dzeko y el milagro de Agüero, ambos en el descuento, removieron las sensaciones y hasta las entrañas de millones de personas.

          Idénticos los semblantes en las tribunas de Manchester que los rictus exhibidos en Vallecas antes de que todo girase caprichosamente. Imágenes crueles que se convierten en desbordante felicidad como por arte de magia, trasladando en un instante todas las penurias a terceros que se ven vapuleados sentimentalmente. La fuerza del fútbol en cualquier rincón del planeta. El Rayo también necesitaba ganar. Al Granada  le servía el empate. Quedaban unos cuantos minutos para que todo acabara. En El Madrigal había cierta calma, sólo un gol del Atlético y otro del Rayo provocarían el drama. Y pasó. La carambola se produjo. Marcó Falcao y también lo hizo Tamudo, además en fuera de juego. Vaivén visceral tan fuerte e intenso dejó secuelas emocionales de diferentes tipos y grados, pero también reacciones destinadas a propagar sospechas acerca del comportamiento de los futbolistas del QPR y del Granada en tan locos desenlaces. Los medios de comunicación jugaron una vez más papel destacado, y no sólo por la emocionante tarde noche de transistores, también por ser los que soltaron la liebre. Que si se relajaron excesivamente cuando supieron que el Bolton se iba al pozo, los unos, y cuando les avisaron de que el Atlético se adelantaba en Villarreal, los otros.

           El rayista Michu dijo en la radio que un jugador del Granada le pidió que se lo jurase cuando le informó del gol de Falcao, y de que la derrota ya no les condenaba, aunque no pudo anunciarle el final en Villarreal, donde el árbitro aún no lo había decretado. Muy improbable pues que el cuadro andaluz se dejara meter un gol, aunque en la radio se llegó a hablar de pasividad defensiva en el tamudazo que salvaba al Rayo de un infierno quizás eterno, mucho más que un mero descenso. Varios jugadores estaban solos en el segundo palo, la defensa granadina muy pendiente de su costado izquierdo, parece que el portero hace lo que puede… Llama la atención que esta vez el árbitro se salva de la quema, el de Vallecas. Justo en el momento en que todo se decide y después de la que les ha caído encima esta temporada. Imagínense que el gol de Tamudo lo mete Messi, o Cristiano, en un Madrid-Barça decisivo, pues se hubiese liado más que parda. Pero eran el Rayo y el Granada, y esos no venden. Las sospechas para los futbolistas. Para los del QPR y para los del Granada, también para Michu, que además ha dicho que sus compañeros y él sabían que todo era posible hasta el último pitido, que lo habían comprobado un par de horas antes viendo el agónico y estrepitoso final en Manchester. Sin embargo, esta tesis parece no haber calado, mejor fomentar componendas que alegar azar o error del árbitro, que queda exonerado porque sí. Y si llega a anular el gol y baja el Rayo, que se ha vendido. Entonces se especularía con el comprador, ¿Granada o Villarreal? El cisco mediático de costumbre.

          El campito de tan genuino equipo de barrio casi se viene abajo. Una hemorragia de sentimientos inigualable. De la amargura y la crueldad al éxtasis por un balón que pasa entre tres palos. Pasión que se desborda. Espectacular, inimaginable si no fuese fútbol, trascendental. El estadio patas arriba. Un año más se podrá ver al lado de casa a los mejores futbolistas del mundo, los bares de la zona también lo agradecen. Milagroso lo de este modesto club, ruina desde siempre en los despachos, ejemplar su competitividad, siempre en desventaja. Los habrá que consideren ilícito el mensaje del desesperado Michu a un rival (Iñigo López), otros dirán que es estrategia psicológica no definida por el reglamento, legal pues. Le engañó a medias, lo del gol del Atleti era verdad, pero sin final. Si el Granada se deja un gol y luego llegan noticias de que el Villarreal iguala, ¿entonces qué pasa? Sí resulta evidente que saber del tanto de Falcao alivia a los que se están jugando su futuro y no lo acaban de resolver por sus propios medios. Puede influir en su actitud, un impacto psicológico, una noticia que libera, relajante, con todo en juego y a mil revoluciones. También pudo influir en Michu, hábil y pícaro, el adversario no podía fiarse, pero ya lo tenía en la mente.

          En citas como las de este domingo, la aceleración de los futbolistas, el estrés a que se ven sometidos, implican un grado de exigencia muy fuerte. El jurámelo del jugador del Granada también puede ser interpretable. ¿Quería seguridad para rebajar tanta tensión  mental o había algún acuerdo tácito previo al partido? Era un duelo que parecía destinado al drama si el Zaragoza ganaba en Getafe y cierto que, en un momento dado, los contendientes de Vallecas hubiesen podido echarse una mano el uno al otro, pero no con tanta incertidumbre, en sólo unos minutos y justo al final. Muy complicado de sincronizar y un solo perjudicado en caso de salir mal, el Granada, por dejarse el gol. A no ser que el partido de Villarreal ya hubiera concluido en el momento de la conversación, que parece que no. De cualquier modo, imposible de demostrar si nadie confiesa trama. Lo que pasa en el campo suele quedar ahí, más si hubiese habido corrupción, fraude a la competición. Si hubiese habido algo sucio, Michu no habría sido tan sincero.

      Los jugadores del Villarreal, abatidos tras certificarse el descenso del equipo a Segunda.

          En Inglaterra hay finales como el de Manchester casi todas las semanas, lo que ahuyenta fantasmas. Los jugadores del QPR se enteraron de que bajaba el Bolton, era su salvación, debió ser cuando Dzeko empataba el partido, ya en el descuento. Debieron bajar los brazos un instante y ahí apareció Agüero, le tocaba ser el artífice de lance tan señalado e histórico. Mucha presión. El City había dominado y dispuesto de ocasiones suficientes para sentenciar mucho antes, pero recibió dos goles increíbles, en su fortín inexpugnable (18 victorias, 1 empate), donde nadie había ganado y sólo el Sunderland había empatado. Además ante un rival en inferioridad numérica al que no logró remontar hasta el descuento. Como hizo el United tres temporadas atrás en el derby, en casa, con aquel gol de Owen al final de un descuento de ocho minutos. Esta vez le ha tocado perder a Ferguson, el que manda en el fútbol inglés, lo dijo Benítez. Nada que objetar pues. Hughes siempre habría preferido otro título para el Abuelo antes que el triunfo de Mancini.

          Tampoco olvidemos que los árbitros suelen ser más escrupulosos con el inicio de los períodos de juego en jornadas tan decisivas y trascendentes, por lo que la complicación era máxima para una fluidez y rapidez informativa entre tres estadios diferentes y en una franja estrechísima de tiempo. Tanto en España como en la Premier, donde no se registraba un final tan emocionante desde 1989, cuando el Arsenal arrebató al Liverpool el título en el último partido. Pero lo de este domingo fue más, casi irrepetible. Los jugadores del United casi celebraban el título sobre el césped de Sunderland, incrédulos ante regalo tan inesperado, hasta que les llegó la decepcionante noticia del gol de Agüero. Al final les pasó lo que al Madrid en Zorrilla con el gol de Zamora en El Molinón, allá por 1981. Habrá tiempo para tratar el cambio de régimen en Manchester: los pobres son ahora los ricos y además campeones de liga. Hace falta saber qué pasará con Mancini, si el tanto de Agüero altera los planes de los dueños del club y se da continuidad al italiano. Un simple gol lo puede cambiar todo. Y habrá que comprobar si el ManU invierte lo suficiente para volver a estar entre los mejores de Europa.

          También dejamos pendiente el drama del Villarreal, condenado por buscar equilibrio en sus presupuestos, por traspasar a Cazorla para evitar números rojos y, de paso, dejar huérfano a Borja Valero. Las lesiones de Rossi y Nilmar han hecho el resto. A Lotina le sacan chistes y chascarrillos por doquier con un nuevo descenso en su currículo, que además arrastra a los dos filiales. El tranquilo y mesurado Llaneza pierde los nervios y arremete contra Godín, que pasaba por allí. Lo pone de vuelta y media por cuitas pasadas. Del sosiego al infierno en dos suspiros. Fatalidad. De la Champions a Segunda en unos meses, pero no por culpa del esfuerzo europeo sino por las muchas limitaciones de la plantilla y también por lesiones imposibles de cubrir con garantías. Era su sino. Un descenso que entristece al fútbol en general por todo lo que han regalado los amarillos durante la última década.

          Sin embargo, lo más milagroso ha sido la salvación del Zaragoza, que estaba desahuciado, descolgado, y al final, a base de fe y victorias, también rodeado de sospechas y especulaciones, logra escabullirse del descenso ganando donde no tenía otra disyuntiva, como el año pasado en el campo del Levante. Se habla de Vallecas, casi nada del partido de Getafe. Tremendo lo de Manolo Jiménez y sus modestos futbolistas. Un final de campeonato apasionante, como muchos otros, hasta controvertido, como tantos también. La liga española al rojo vivo por abajo, la inglesa por arriba. Y los jeques subiendo en el escalafón. El Málaga a la Champions y el City campeón. Cuestión de petrodólares y buen trabajo más que efecto de maletines y componendas. Lotina acabó ahogado en medias denuncias de cosas raras y sospechosas, pero de ahí no pasa. A ver si lo hace alguien. Mientras tanto, larga vida al fútbol,  a sus emociones y a sus pasiones, siempre imprevisible, aunque existan cambalaches.

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