Esta Copa parece del Generalísimo


   Publicado por:  La Gazzetta dello Sport                          www.gazzetta.it

    Texto:  Santiago Segurola  (25.05.12)                     Traducción: Pedro Alcaina

 Los extremistas de Madrid arruinan la fiesta

          La Copa es el torneo interclasista por naturaleza, y en España más que en otros países. En los últimos veinte años fue la grieta que los equipos han encontrado para escapar de la dominación aplastante de Real Madrid y Barcelona. Valencia, Sevilla, Espanyol, Deportivo, Zaragoza, Mallorca y Betis hallaron la manera de ganar un título de prestigio. La final de esta noche, entre Barça y Athletic de Bilbao, no tiene el encanto de la FA Cup, pero representa mejor que cualquier otro partido la fiesta del fútbol español.

          Durante la dictadura de Franco, la final se solía jugar en Madrid, en el estadio Santiago Bernabeu. Para Athletic y Barça significaba una oportunidad que iba más allá del deporte. Sus aficiones, sobre todo la bilbaína, se trasladaban en masa a la capital de España para expresar  pasión por su equipo, a pesar del dictador. Las peculiaridades socio-políticas de ambos equipos eran evidentes. La molestia causada a los sectores más franquistas incluso más.

          En España siempre hubo la impresión de que Barça y Athletic gastaban más energías en la Copa que el Real Madrid, cuya obsesión fue siempre la Copa de Europa, su fetiche. Sin embargo, la desigualdad del fútbol español ha restituido el protagonismo de la Copa tanto al Barça como al Madrid. El año pasado Mourinho celebró como éxito extraordinario la victoria frente al Barça en un campo de Mestalla incandescente. En las últimas cuatro ediciones, los azulgrana llegaron tres veces a la final. Los dos grandes han empezado a tomarse en serio este torneo y no quieren dejar una sola miga para los demás.

          Cerca de 40.000 vascos llegan ahora a Madrid para apoyar a su adorado Athletic. Pero más de 15.000 no podrán asistir al partido. Se jugará en el Vicente Calderón después de la respuesta negativa del Real Madrid para que su estadio, con 30.000 asientos más, fuese el escenario de la final. La derecha más irreductible apoyó tal decisión. No querían vascos y catalanes en el Santiago Bernabeu. El madridismo más intolerante asumía que el Barça iba a ganar esta final, y esto pasaba a formar parte de sus peores pesadillas. El Madrid negó el permiso con el pretexto de unas obras menores. Entonces se eligió el Vicente Calderón, al sur de la ciudad, en medio de la irritación de los aficionados del Athletic, muchos de los cuales han pagado precios desorbitados por una entrada en el mercado negro.

          El ambiente previo al partido se ha visto alterado por Esperanza Aguirre, presidente de la Comunidad de Madrid, representante más derechista del Partido Popular, que actualmente gobierna en España. Aguirre, cuya capacidad para la demagogia no halla rivales en la política española, dijo esta misma semana que la final debería ser suspendida si se produjese la pitada habitual que los aficionados de Athletic y Barça suelen dispensar a los acordes del himno español. El mismo día de esas declaraciones, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid permitía una manifestación fascista para horas antes de la final, en el centro de la capital española.

          De repente, la final de Copa adquiría tintes muy políticos. Muchos seguidores de ambos finalistas han tenido miedo de viajar a Madrid, creyendo que no serían bien recibidos, por temor al clima de violencia propagado artificialmente por algunos políticos irresponsables. Hace tres años, en Valencia, los dos mismos equipos se enfrentaron en una final donde los silbidos al Rey  presidieron la escena durante un minuto. Por lo demás, prevaleció un ambiente extraordinario. Cuando acabó aquel partido, 4-1 para el Barça, los aficionados del Athletic mostraron su respeto al campeón. Podemos pedir un mayor respeto por los símbolos, pero algunos olvidan que el deber principal es garantizar la libertad de expresión democrática. El problema es que los instintos autoritarios de algunos políticos son más fuertes que la tolerancia a puntos de vista opuestos. Parece como si la gente se hubiera hecho una idea de la capital del país: o haces lo que quieren o te lo harán saber a la fuerza.

                                                                                            Santiago Segurola, director adjunto de Marca

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