Maldito periodismo 2.0


Publicado en:    Jot Down              www.jotdown.es

Texto: Gonzalo Vázquez     (29.12.11)

 Lazarillo de Goles

 

          Entraba a las cuatro. Pero llegó a la una. Le habían despertado a primera hora. Nadie reparó en que anoche salió de trabajar otra vez a las tantas. “Oye, que Fran no puede venir esta tarde”. Sin rechistar, qué otra cosa podía hacer, cogió sus cosas, se preparó un bocadillo que malcomió a la salida del metro y allí estaba ya dándole que te pego al teclado. Más tarde supo que el tal Fran, por cuya amistad con el consejero delegado llevaba allí el tiempo que llevaba, había ido al Bernabéu con una de esas invitaciones semanales a repartirse entre los jefes que, se figuraba, tal vez le tocaran algún día.

          El caso es que la mesa de redacción estaba un día más escuálida. Tres redactores para cubrir el temporal que acechaba aquella tarde. Tarde de Champions y Euroliga, partido de Nadal, las previas de la Fórmula 1 y las motos más la obligatoria dosis diaria, convenientemente actualizada, de Mourinho, de Guardiola y secuaces a descubrir. Algo que los enfrentara, como se venía haciendo desde hacía ya ni se sabe, a puño limpio. Ponía en esto especial cuidado desde que, meses atrás, muy al poco de llegar, su primera reprimenda tuviera a ambos por motivo. Se habían dedicado elogios y él se limitó a exponerlos. Pues no, le dijeron. El buen rollo no vende. Y si se habían alabado era que mentían. Así recibió oportunas consignas que trabajar fuera de las comillas.

          La reunión, editorial, como la llamaban, duró apenas diez minutos. Fue un monólogo. El jefe no gastaba el mejor humor, no tomó asiento, llevaba la chaqueta en la mano y al poco desapareció de la oficina con un portazo. Los números, que por lo que el muchacho había oído triplicaban los del año anterior, habían bajado unos miles en los últimos días y la reunión terminó con una de aquellas habituales monsergas que ya no disimulaban el tono de amenaza: “Más vale que os pongáis las pilas”. Él no abrió la boca. Hacía tiempo que dejó de hacerlo. No porque quisiera. Sino porque dejó de tener sentido. Al principio proponía temas que estimaba interesantes. Pero la ilusión se fue apagando cuando ni una sola de sus ideas pasaba a la agenda.

          Un día, al poco de empezar la temporada y casualmente festivo, tuvo por fin ocasión de escribirse unas líneas para explicar por qué el Levante estaba donde estaba. Pero las tuvo que escribir en casa. Esa fue su maniobra. Llegar a la oficina con el texto hechito, a ver si colaba. Le publicaron la pieza y cuando la vio estampada en la Home, no muy arriba, hasta hizo una captura que enseñar a sus padres. La siguiente vez que actualizó la página la pieza había desaparecido. De quince noticias once eran del Barça y el Madrid, otra de Torres en el banquillo, un video de unas muchachas en tanga, otro de un gol de Raúl y una movida de Guti en la noche turca. El alborozo le duró diez minutos.

          Desde entonces ni un artículo más. Nada que él decidiera escribir. Se le habían quedado grabadas las palabras al cierre de un compañero. “Muy largo. Eso no lo lee ni dios. A quién cojones le importa el Levante. Como para ponerte a analizar no sé qué del juego. Tío, despierta”. No supo qué decir. Le costó horrores digerir que cinco párrafos fueran un texto largo. Nadie le advirtió de eso en la Facultad. Con lo que a él le gustaba escribir.

          Pasadas las seis y media le atareaba ya el live de Nadal. El partido iba lento y tenía toda la pinta de coincidir con el fútbol. Veía la cosa de reojo porque le estaban entrando videos que calzar en la sección, no sin antes extraerlos, filtrarlos por la aplicación, buscar la captura que ilustraría cada uno, darles un título, quintuplicarlo en cada pestaña, añadirles un pie y publicarlos. Menudo ritmo llevaban. Como tres o cuatro por minuto.

          En un abrir y cerrar de ojos la Champions se echó encima, como siempre, a toneladas. Era momento de ir al baño, orinar rapidito, llenar el botellín de agua y volver corriendo para recibir más órdenes. “Cógete el Milan y el Manchester”. Tenía que abrir otros dos lives. “Y el Bizkaia de basket, ya hago yo al Madrid”. Otro live más. Nadal retrasaba el saque. “¡Onces titulares, rápido!”. Encendió el monitor de la izquierda. Los dedos iban más aprisa que los canales hasta dar con el que ya mostraba el ambiente en San Siro. Encendió la radio sin recibir señal. Mierda, el enchufe. Se arrojó bajo la mesa entre una maraña de cables. “¡Titulares, joder!”. Se golpeó la cabeza contra la mesa. Le faltaban manos. Subió el volumen de la emisora y garabateó a mano las alineaciones que iban cantando entre la publicidad y que él repicaba como un eco mientras pegaba el oído a la pantalla. Sin darse cuenta se le había colado en el cajetín del Manchester un comentario del tenis. Había que borrarlo y pasarlo al otro, lo que la aplicación se tomaba con tranquilidad. Seguían entrando videos.

          Al poco estaba en faena, con todo en marcha, todo en vivo, todo que contar. En esos casos cosía a monitores, radio, ojos, oídos y manos un hilo grueso, imbricado y voraz, como un gusano retorcido que chupara del cerebro hasta la última gota reduciendo el pensamiento a la misma ciega mecánica del vómito. Conocía bien ese trance. Tiempo, entorno y conciencia desaparecían. Era como sumergirse de cabeza a un estado subterráneo, oscuro y viscoso, donde ocupaba la percepción la inercia del autómata que ejecuta movimientos porque así está programado. Cada frase era un espasmo, un gargajo. Y si en la primera media hora llevaban sentido al poco se ignoraba si lo tenían. Así la última acción rossonera que acababa de volcar carecía de orden sintáctico y arrastraba dos o tres erratas. Daba igual. Era imposible retroceder. Un segundo atrás o una duda y el volumen de trabajo triplicaría por delante su magnitud.

          Abismado en pleno vórtice le sobresaltó un grito sobre las voces de pantallas y radio. Era su compañero. “Que me digas las tarjetas, tío, ¿no oyes o qué?”. Se disculpó. Le llevó un minuto buscar los amonestados. Era lo más rápido que podía reaccionar y sin embargo nunca se sacudía la engorrosa sensación de retraso, de torpeza.

          Cayeron los descansos. Pero él no podía levantarse. El tenis seguía adelante adentrándose en el quinto set. “Mete los videos que falten”, recibió desde la puerta. Bajaban a echar un cigarro. “Ah, y en cuanto termine Nadal sube los resultados del resto”. El muchacho tragó saliva. “¿De las chicas también?”. La puerta se cerró. El torneo andaba en sus primeros días. Eran no menos de treinta partidos.

          Durante las segundas partes el calor aumentaba cinco o seis grados. Los nervios, el doble. Cuantas más cosas a la vez y mayor el caos más aprisa volaba el tiempo, impresión que poco aliviaba cuando a menor tiempo mayores aprietos se echaban encima. Un saque directo de Nadal ponía final al tenis casi cuatro horas después de empezar. No era el único. “Final en Roma, mete breve”. Un breve era una flash news que añadía al titular de la noticia una entradilla del tamaño de un tweet. “Final en Belgrado, 84-75”. Llevaban además su propia aplicación, que abrir aparte. Se hacían decenas y decenas. A veces centenares. Era la noticia reducida a la mínima expresión y el parpadeo dactilar de cada jornada. Por eso nunca daban tregua. No pasaban tres minutos sin facturar, al menos, uno. “Parece la máquina de Metrópolis”, soltó una tarde. La imagen pasó desapercibida.

          Entraba el fútbol en su recta final cuando le sorprendió escuchar su propia voz, algo quebrada. No podía alcanzar a todo y en un momento de incertidumbre había perdido el orden de lo siguiente. “¿Meto los resultados ahora o espero a que termine el fútbol?”. No recibió respuesta. Los mismos apuros sofocaban a los otros dos. Siguió tecleando. Sólo que al poco los dedos empezaban a flaquear. Solía ocurrir. No eran los dedos lo que fallaba como no fallan los martillos. Sucedía que la cabeza reaccionaba al saqueo con sus propios límites y ante una oleada de tensión sin orden ni concierto los dedos presentaban repentinos vacíos en la ubicación de las teclas, como si de pronto el redactor flojeara en su mecanografía. Este era sin duda el peor momento. Sucumbir equivalía a tirarse del coche en marcha.

          Había entonces que cerrar un instante los ojos, respirar hondo y luchar por volver la atención a su sitio, a todos a la vez y al mismo ritmo endiablado. Tenía la boca reseca. No recordaba ni haber bebido agua pero el botellín estaba exhausto. La calefacción tampoco ayudaba. En la oficina no había aire, sino un sucedáneo de electrones como le recordaban los latigazos cada vez que tocaba los monitores por si el volumen de algún otro competía con los suyos. “¿La crónica de Nadal?”. Resopló una vez más. Estaba con ella, que era lo mismo que abrir EFE y seleccionar a ciegas párrafos y párrafos que leer, si acaso, en otra vida.

          Muy al principio, en sus primeros días, la relación con EFE, Europa Press o Reuters, la relación con las agencias, era natural. “Dale la vuelta”, le decían. Eso suponía desnudar el teletipo, leer lo escrito, comprenderlo y cocinar un poco la información recibida hasta hacerla propia. Enseguida entendió que aquella indulgencia se debía a una cortesía con el recién llegado, como para no asustarle. Cuando manos a la obra el tiempo inexistía todas las noticias se copiaban a bulto. Ahora también, pero la mitad o menos, no fueran a quedar muy largas. Esta circunstancia le había llevado alguna vez a pensar en absurdas consecuencias. Si en mitad de la crónica el escribano de agencia, por despecho o locura, se hubiera ensañado con la madre de Nadal así saldría publicado. Y ninguno de ellos lo habría visto.   

          “¡Gol!”. Qué solidarios eran. Los goles se echaban encima siempre a la vez, como si les llamaran a comer en el peor momento. “¡Gol del Madrid… Cristiano!”. También a él le tocaban estos breves. “¡Gol en Milan!”, cantó él. “¡Gol del Liverpool!” (…) “¡Penalti… a favor del Bayern!”. Todos en tropel y en el preciso instante que subía a Nadal. Estaba terminando. Apuntó a lápiz los goles no sin antes preguntar dos veces quién había marcado en Anfield.

          Publish, aporreó la pestaña como si al hacerlo con fuerza urgiera también a la máquina. Pero la máquina le hacía jugarretas. Oh, mierda. Se tostaba siempre en el peor momento. Recibía mal la emergencia de los dedos. “¿¡Cómo llevas la Euroliga!?”. Y en esos instantes de pantallazo blanco le invadía la culpa. Abría los dedos inútilmente, como dando aire al teclado mientras sentía el reojo de los compañeros, como una sospecha de vacación que le apuntaba directamente en mitad del incendio. “Vamos, vamos, por favor”, suplicaba al ratón.

          “¡Final en Munich!” (…). “¡Final en Marsella!” (…). “¡Qué le queda al Chelsea!” (…). También los finales caían a chorro como los goles. “Hostia, hay que meter esto”. Una coletilla que tampoco faltaba nunca al remate. Era oírla y saber que le tocaría a él. Entró por EFE. Alonso había dejado caer entre líneas alguna crítica al coche. No era gran cosa. De hecho nunca lo era pero con Alonso había que hacer por dónde, como con Guardiola y Mourinho, y más si cuestionaba a Ferrari. “Cógela tú”, como había previsto. No podía ser más inoportuno. Porque al concluir los partidos otra puntual cita comenzaba a desfilar. A las crónicas, los breves, los resultados, los videos y los directos en rueda de prensa que también tocaba abrir más esa irritante sección que llamaban La Polémica y que recogía apuros arbitrales que debían ilustrar una o varias capturas, todas a mano, se sumaba el incesante desfile de fotos que convertir en galerías y que entraban a ritmo como tres veces mayor que los videos. Fotos que seleccionar, fotos que descargar, fotos que abrir, fotos que redimensionar, que guardar, que publicar y que suplicar a la máquina en íntima oración. “¿Has metido los resultados en Twitter?”. Su silencio. “¡Joder, que luego nos echan la bronca!”.

          El trance aquella jornada ni remitía ni parecía tener fin. Entre el caos de los monitores a pleno volumen con varias emisoras abiertas le pareció escuchar el teléfono, o varios a la vez. La oficina era grande. Pero aun jugándose el pescuezo habría sido incapaz de distinguir si provenía de algún anuncio en uno de los monitores, que arremetían elevando el volumen de la publicidad hasta el límite de lo soportable.

          No supo cómo. Nunca lo sabía. Pero pasada la medianoche todo iba estando en su sitio. Las piezas, la cadena, el montaje, encajaban a golpes un día más. Un castillo de naipes que derrumbar en unas horas, a la mañana siguiente.

          Los monitores fueron cediendo poco a poco. Ahora tan sólo era turno de los programas de radio, no fueran a decir algo que pudiera habérseles pasado. Sonó un teléfono. Ese u otro debían haber sonado cuarenta veces antes como un zumbido inaudible. Por eso el aparato insistía tanto, como malhumorado por no recibir respuesta. Se orinaba. Ni sabía desde hacía cuándo. En los últimos meses había desarrollado una especie de represión inconsciente de la orina, como amurallándola dos o tres cuartas vejiga adentro. Pero ahora que la tensión aflojaba, los bajos reclamaban su sitio de golpe, como estallando si no se les satisfacía. Corrió al baño cuando uno de sus compañeros cogió la llamada.

          Nada más volver supo que era uno de los jefes, quien a su vuelta del Bernabéu había dado su habitual paseo digital comprobando que algo se les había pasado, no sé qué de Carbonero en una gala del deporte y, aun peor, que por lo visto había llamado un colaborador de la página, uno de los cuatro que tenían, muy molesto porque su columna tardaba en cargar y nadie le había cogido el teléfono. Se trataba del mismo que llamaba todas las semanas porque era incapaz de adjuntar un archivo a un correo electrónico y prefería dictarles el texto, dos o tres parrafillos de igual sustancia que un chupito de agua. “¡Cómo cojones no cogéis el teléfono!”. Los colaboradores, eso les habían dicho, eran sagrados. “Son nuestras estrellas, ¿entendido?”. Y como tal cobraban. A dos mil o tres mil euros la pieza, según había oído una tarde en el ascensor. Cuatro ex deportistas, también tertulianos, a los que, en silencio, se les rehacía por completo la ortografía y redacción de lo que mandaban, a veces, sin terminar.

           La bronca había sido buena. Mañana darían buena cuenta de ella.

          No era todo. De las decenas de correos recibidos uno pertenecía al responsable de una de las empresas colaboradoras, un tipo que se gastaba muy malas formas y que, adjuntando a todos los altos cargos, reclamaba mejor sitio a su producto indignado por el retraso, no más de unos minutos, en la publicación de un par de crónicas cuestionando hasta la aparente inconveniencia de alguna foto. El tipo alegaba que había tropecientos comentarios en una noticia de su patrocinio y que era inaceptable su cuarta o quinta posición en la Home. “Menudo marrón”, suspiraba el compañero mientras él ojeaba los comentarios de esa noticia, un interminable desfile de insultos y odio entre usuarios anónimos. Pero era orden expresa avivar las noticias calientes.

          A última hora el ordenador le jugaba la última rehusando apagarse. Un botonazo lo consiguió.

          Cuando se apresuraba hacia el metro, no fuera a perderlo como ya le había ocurrido alguna vez, el aire de la calle le supo a gloria.

          Tuvo suerte de cazar el último con destino a Lucero, del que le separaban no menos de veinte estaciones. Llevaba desde el mediodía a una silla pegado. Y sin embargo cayó a plomo en el asiento, agotado.

          Durante el trayecto dejó caer la cabeza hacia la ventanilla. Tenía el cuello hinchado, duro como una piedra. Conocía de sobra esa sensación que alguna vez, a mitad de la noche, le causó algún disgusto, como si la cabeza le quisiera estallar. Para combatirlo sacó de la mochila El eclipse de Dios, un librito de Buber de los que gustaba comprar baratos en El Rastro. Con lo que a él le gustaba leer. Pero en cuanto lo abrió y trató de fijar la vista en las letras tuvo que cerrarlo. No las veía o, a lo sumo, veía manchones. Sentía el cerebro pesado, plomizo, como un vertedero calcinado. Habría sido incapaz de realizar una simple suma. También sentía los ojos hinchados, muy sensibles a la luz blanca del vagón. Mejor cerrarlos. El estómago le devolvió un sordo rugido. Un panecillo era cuanto se había llevado aquel día. Y sin embargo no tenía hambre.

          Al rato se dejó vagar la cabeza. Allá en el pueblo, en Segovia, sus padres estaban muy orgullosos de él y eso le reconfortaba. Satisfechos de haberle enviado a la capital, a hacer de su único hijo un hombre de provecho. El campo no daba para mucho. Pero oye, como repetía madre a los vecinos, por los estudios del chaval lo que haga falta.

          Padre había torcido el gesto cuando en Navidad supo que el muchacho no cobraba un duro. “Pero a los seis meses me hacen contrato”. Y ya lo tenía, aunque él no entendía mucho lo que los papeles decían. O poco salvo los 500 euros que cobraba, de los que 320 se llevaba el alquiler. Había que seguir echando un cable al mozo. Con suerte, les había prometido, llegaría a ganar los 800 de sus compañeros, que llevaban allí unos años.

          Qué tarde era cuando por fin entró en casa. Cerró la puerta de su habitación con sigilo, no fuera a despertar a los demás, que a esa hora ya dormían. Una de las cosas que peor llevaba era eso de llegar del trabajo y acostarse. Así que mientras se desvestía dejó encender el ordenador a matar allí la jornada. Un rato, no más, que mañana le tocaba entrar a mediodía. “No sé cuándo voy a poder hacer la compra”.

          Revisó el correo. Nada había salvo el reclamo de un buen amigo del pueblo, siempre atento. Le pedía no sé qué cómic de una tienduca en la calle Silva y le envidiaba mucho, decía, por hacer periodismo deportivo, que él soñaba con algo así, todo el día viendo partidos y eso. Le fue a contestar pero lo dejó para mañana. No tenía fuerzas.

          Abrió un par de sus páginas habituales. No leía. Entornaba los ojillos. La pantalla descendía aprisa al mando del ratón. De pronto se detuvo. Su nombre aparecía en un foro. El mensaje era reciente. Le ponían a parir por no sé qué errores en la crónica de Nadal, y otra de Champions, que él había calzado a ciegas y a cuyo final aparecía su nombre. Cosas de la herramienta. “Estos periolistos de mierda” y perlas así pudo leer. Otros contestaban aprobando los ataques del primero con mayor saña incluso. Cerró la página aprisa, como protegiéndose de una inmensa pena. Haría lo mismo con la otra que tenía abierta no sin antes advertir el titular de un columnista, de los de gran peso en la opinión pública, hablando de las bondades de internet, de las nuevas tecnologías y todo ese mejunje de cosas que ahora llamaban Nuevo Periodismo.

          Mientras apagaba se preguntó qué pasaría de echar un curriculum en algún otro sitio. Pero enseguida rechazó la idea. Cómo se iba a portar así con la empresa, hombre. Y sobre todo, dónde iba a estar mejor.

          Al rato se quedó dormido.

 

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